¿Por qué algunas personas nos generan desconfianza al instante?

A veces ocurre en una fracción de segundo: conocemos a alguien y, aun sin haber intercambiado más que unas pocas palabras —o incluso ninguna—, experimentamos una sensación de desconfianza. ¿Se trata de intuición? ¿De un prejuicio? ¿O del resultado de mecanismos perceptivos que operan de manera automática? Desde la perspectiva de la comunicación no verbal, esta primera impresión suele surgir de la integración rápida de múltiples señales del entorno y del comportamiento de la otra persona. En este artículo analizamos cómo se construyen esas evaluaciones iniciales, qué papel desempeñan las señales no verbales y por qué resulta importante distinguir entre una alerta potencialmente válida y una interpretación influida por nuestros propios sesgos. Lejos de ser un fenómeno misterioso, se trata de un proceso perceptivo que puede comprenderse y entrenarse.

Julio Pereiro

8/4/2026

La desconfianza como señal automática de alerta

Durante las interacciones sociales, nuestro sistema cognitivo realiza evaluaciones rápidas del entorno antes de que seamos plenamente conscientes de ellas. Diversas estructuras cerebrales vinculadas al procesamiento emocional y a la detección de posibles amenazas participan en este análisis automático, cuya función principal es favorecer respuestas adaptativas frente a situaciones potencialmente relevantes.

Cuando una persona nos genera desconfianza sin que exista una razón evidente, es posible que nuestro sistema perceptivo haya detectado una combinación de señales contextuales y no verbales que se apartan de lo esperado para esa situación. Estas señales pueden incluir un uso poco habitual del espacio interpersonal, patrones de contacto visual que resultan llamativos o un ritmo corporal que no parece ajustarse al contexto, como movimientos excesivamente acelerados en un ambiente tranquilo. Aunque suelen pasar inadvertidas para la conciencia, este tipo de información es procesada con gran rapidez y puede dar lugar a una sensación inicial de alerta o incertidumbre.

Sin embargo, estas evaluaciones automáticas no son infalibles. Su función consiste en priorizar la detección temprana de posibles riesgos, incluso a costa de cometer errores ocasionales. El desafío consiste en distinguir cuándo esa primera impresión refleja indicios relevantes y cuándo está influida por factores como experiencias previas, expectativas, estereotipos o el propio estado emocional.

Señales que activan nuestras alarmas

Algunos patrones de comportamiento no verbal pueden influir en la percepción de confiabilidad de una persona, especialmente cuando se combinan entre sí. Uno de los más estudiados es la incongruencia entre los distintos canales de comunicación. Cuando la expresión corporal parece transmitir un mensaje diferente al contenido verbal, es frecuente que el observador experimente una sensación de inconsistencia. Una sonrisa que no involucra el resto de la expresión facial, un tono de voz cordial acompañado de una postura orientada hacia la salida o gestos que contradicen el discurso pueden generar la impresión de que algo no resulta completamente coherente.

También pueden despertar cautela aquellos comportamientos que se apartan de las normas habituales de interacción. Interrumpir constantemente, invadir el espacio personal o no adaptar la conducta a las características del contexto son acciones que, dependiendo de la situación, pueden ser interpretadas como señales de escasa consideración hacia los demás o de imprevisibilidad. Del mismo modo, determinados patrones de contacto visual —como una evitación persistente o una fijación excesiva de la mirada— pueden contribuir a que una persona sea percibida como menos confiable o más intimidante, aunque su significado siempre dependerá del contexto y de las características individuales.

Otro aspecto relevante es la sincronía interpersonal. Las personas tienden, de manera espontánea, a coordinar parcialmente sus movimientos, su ritmo de habla y otros aspectos de su comportamiento durante una interacción. Cuando esa sincronía se rompe de forma marcada —por ejemplo, mediante un ritmo corporal muy diferente al del resto de los presentes— aumenta la probabilidad de que el observador perciba a esa persona como fuera de contexto. En muchos casos, esa percepción precede a cualquier análisis consciente de la situación.

De la intuición al análisis: cómo entrenar una percepción más precisa

Lo que habitualmente llamamos intuición suele reflejar procesos de reconocimiento de patrones construidos a partir de la experiencia. Sin embargo, esas evaluaciones rápidas también pueden verse afectadas por sesgos cognitivos y errores de interpretación. Por este motivo, desarrollar una percepción más precisa requiere complementar las primeras impresiones con un análisis deliberado de la situación.

Un primer paso consiste en reconocer nuestras propias reacciones emocionales sin asumir automáticamente que reflejan la realidad. Comprender cómo influyen la experiencia personal, las expectativas y el contexto permite evaluar con mayor objetividad aquello que estamos percibiendo. El segundo paso es aprender a identificar patrones de comportamiento no verbal mediante una observación sistemática, evitando extraer conclusiones apresuradas a partir de una única señal aislada.

Entrenar la percepción no verbal implica observar múltiples indicadores de forma integrada, como el tono muscular, la respiración, la dirección de la mirada, la utilización del espacio, la coordinación de los movimientos y la congruencia entre los distintos canales de comunicación. A través de la práctica y del análisis de situaciones reales, es posible desarrollar una capacidad de observación más precisa y fundamentada. El objetivo no es desconfiar sistemáticamente de los demás, sino mejorar la calidad de nuestras interpretaciones para tomar decisiones más informadas durante las interacciones sociales.

Fuentes consultadas

Ekman, P. (2003). Emotions Revealed: Recognizing Faces and Feelings to Improve Communication and Emotional Life. New York: Times Books.

Van der Kolk, B. (2015). The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma. Penguin Books.

Givens, D. B. (2005). Love Signals: A Practical Field Guide to the Body Language of Courtship. St. Martin's Press.

Schore, A. N. (2003). Affect Regulation and the Repair of the Self. W.W. Norton & Company.

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